Trabajo en un edificio inteligente (concluyo así que, realmente, el concepto de “Inteligencia” está muy devaluado).
Las persianas detectan el aumento o descenso lumínico y se gradúan solas… (un día fallaron y la gente acabó poniendo cartones en las ventanas para no convertirse en cenizas vampíricas… la imagen ultramoderna del edificio se vio bastante afectada…).
Ficho enseñando mi huella digital a una maquinita (de momento no se han planteado el reconocimiento del iris… todo llegará).
Las luces de los pasillos se encienden a mi paso y se apagan cuando me alejo unos metros (juego a correr, pararme y retroceder a ver si el sistema aguanta,…Los ordenanzas me miran raro: al menos les entretengo y así sus pantallas no les ofrecen un paisaje desolador…).
Las puertas detectan mi presencia (aunque a veces, como soy bajita, no deben de considerarme persona, sólo bulto, y tengo que saltar, dar un paso adelante y otro atrás o mover los brazos en aspa para que se abran… Los ordenanzas, definitivamente, me sonríen, no sé si con pena o con simpatía… aun no tengo confianza como para preguntarles…).
El mismo sistema automático es el que funciona en mi portal…
Me sorprendí a mi misma delante de la puerta de mi dormitorio agitando los brazos a ver si se abría… a oscuras… en mi casa, parece, no reina la inteligencia…
