En mí, las más de las veces, llueve sobre mojado.
Aunque el sol me abrase la superficie.
Aunque el aire reseque mis labios.
Me llueve la mente, me llueven ideas, me llueven los huesos.
Con tormenta, en verano, y lanzo miradas de odio como rayos y centellas;
con niebla y cencella en invierno y se me riza el pelo... en mi ciudad no hay más estaciones.
Se me calan los pulmones y no puedo evitar toser sin control hasta que me duele el vientre.
Se me calan los músculos de las piernas y tengo que sentarme en los bordillos, en las escalerillas de las iglesias, a dejar que escurran y poder andar de nuevo.
Se me calan los ojos y me rebosan lagrimitas que, si las lames, verás que son de agua dulce.
Se me calan los oídos y no logro escuchar lo que me dicen, solo un burbujeo de palabras que acompaso abriendo y cerrando los labios.
Cuando, además, llueve en la calle, me siento en casa.
