Cuando le conoció, lo primero que le atrajo de él fue su sintaxis. Tenía la forma más sencilla y bonita del mundo de hilar palabras, bordándolas de acentos y entonaciones del mar del Norte. Y sus manos, ásperas, rudas, herencia de generaciones de cortadores de leña. Y su inteligencia, que escapaba a raudales por sus pequeños ojos de ratón de biblioteca. Los años y la convivencia confirmaron que él era mucho más listo que ella, que con sus delicadas palabras sabía cubrir de blando musgo los golpes que le rompían las costillas como palitos para avivar hogueras y que sus mezquinos ojos de rata la miraban con amor mientras esas manos, como mazas, hacían añicos su dignidad y sus muslos. "De todo se aprende", pensaba ella mirando al techo, por pensar en algo que no fuera aquello.