Parecía más listo que nadie porque tenía conocimientos aproximados sobre cualquier cosa y opinaba acerca de casi todo.
La opinión general le respetaba y confiaba en sus profecías.
Consejos daba, revelaciones, epifanías de lo que debería ser hecho y “yo en tu lugar”.
Ése era nuestro amado líder de lengua de trapo y palabras como plomo derretido, el que nos guio hasta un precipicio por el que ansiábamos saltar a pies juntillas