La teoría de la sociabilidad del ser humano es lo que destruye a éste.
La vida social es una manifestacion de sus más íntimas necesidades y debilidades.
El ser libre no es el que domina en la sociedad (complejo de inferioridad compensado con uno de superioridad) sino el que se domina a sí mismo.
Analizar la sociedad es limitarse a la capilaridad insustancial de lo humano.
La persona, en sus manifestaciones extracorporales, en sus manifestaciones fenoménicas, deviene en ser social: busca el vínculo de "los demás" para justificar sus propias acciones, reafirmar sus praxis, dar sentido aparente a su propio pensamiento.
El egoísmo extremo: el autorreconocimiento conduce a la felicidad.
El egoísmo es necesario, imprescindible para la vida.
No hay que autolimitarse, ni autoconstreñirse en la articulación con lo ajeno, sino tratar de desarrollar nuestra mismidad, nuestra internalidad, sin recurrir a la exteriorización más que si ello redunda en beneficio de las necesidades particulares de nuestro autodesarrollo.
El eremita es el verdadero humano.
La sociedad es una ilusión compensatoria.
La sabiduría no se establece en relación a los otros: saber no es conocer intersubjetivamente, sino reconocerse a uno mismo.
Sólo el que puede encerrarse en un cuarto a oscuras consigo mismo y soportarse, puede ser.