jueves, 16 de marzo de 2017

Nos da miedo dar a entender que nos gusta alguien; más aún reconocer que ya dejó de hacerlo.

No nos atrevemos a decir que amamos a una persona; da vergüenza que sepan que somos capaces de odiar.

Preferimos a inexistencia pulcra del filósofo al amor sucio y sabroso de los cuerpos vivos.

Se nos llena la boca de saliva destinada a otra boca y la tragamos.