Nos da miedo dar a entender que nos gusta alguien; más aún reconocer que ya dejó de hacerlo.
No nos atrevemos a decir que amamos a una persona; da vergüenza que sepan que somos capaces de odiar.
Preferimos a inexistencia pulcra del filósofo al amor sucio y sabroso de los cuerpos vivos.
Se nos llena la boca de saliva destinada a otra boca y la tragamos.