miércoles, 12 de octubre de 2016

A propósito del odio (XXXIV)

Empiezo a nadar y no puedo. Me duelen los hombros al girarlos, me estallan los pulmones. Me cuesta llegar al otro extremo. Los primeros tres o cuatro largos son insoportables. No voy a poder. No voy a llegar. No conseguiré hacer más. No sé por qué me empeño. No sirve para nada. No quiero hacerlo. Sigo, por inercia, Con las gafas empañadas y el cuello recto, mirando el fondo que no llega a la línea final. Sigo, y pienso. Nadar me ayuda a pensar. A pensar que no hay motivo, que lo dejo. Que ya está bien, que me lo merezco. Por débil, por frágil, por lenta, por torpe. Sigo, por costumbre. Llego al final y tomo otra vuelta. Llego al extremo y giro de nuevo. Llego a la pared y empujo con las piernas. 
Cada mañana, cuando me levanto, me ahogo de la misma forma.