ESPERÉ, sentada, mucho tiempo detrás de la puerta, mirando las sombras que recorrían el pasillo a través de la luz que se deslizaba por los bordes mal encajados del macizo metálico.
DESPUÉS de mucho tiempo, apareció una mano a través del quicio entreabierto.
DEMASIADO blanca, demasiado pequeña, demasiado inocente.
AGUANTÉ en silencio, sin moverme, sin apenas respirar ni circular la sangre, a que se cansara de acariciar el aire con los dedos, queriendo enredar los hilos de los que tirar fuerte para sacarme por el vano.
APRETÉ un labio con otro, con fuerza, hasta el adormecimiento, sin responder, cuando la mano preguntó si veía el hueco abierto en la pared.
PESTAÑEÉ con fuerza, con los párpados de palo robados a Valente.
