Me subí a un autobús que no era de los de mi fondo de armario... Vestía, para la ocasión, de otra que no era yo: minifalda imposible, los únicos zapatos de tacón de mi haber, camiseta ajustada pese al frío bajo cero, chaquetita corta, cazadora abierta hasta el ombligo... Me engominé, me puse pendientes radiantes, teñí los ojos de verde y negro, los labios rojos... Me senté al lado de una desconocida, hablamos del tiempo... Me bajé en una parada cualquiera de esa otra ruta, caminé un par de calles... No conocía ese barrio, ni esa gente (dos personas me saludaron de forma efusiva... les respondí, contenta del erróneo encuentro inesperado)... Tomé un café en un bar nuevo (las sillas aun tenían la etiqueta)... la cafetera también debía ser nueva, el café sabía a envoltorio y tetra break... Me despedí hasta el día siguiente a sabiendas de que no volvería y busqué un camino de vuelta... Llegué a casa, me bajé de los tacones, me enfundé unos vaqueros y un jersey, me limpié la cara, el pelo, me miré en el espejo, me reencontré, me sentí acoplada a mis hábitos y descansé.
