
Canción para franquear la sombra
Un día nos veremos
al otro lado de la sombra del sueño.
Vendrán a ti mis ojos y mis manos
y estarás
y estaremos
como si siempre hubiéramos estado
al otro lado de la sombra del sueño
El adiós
Entró y se inclinó hasta besarla porque de ella recibía la fuerza.
(La mujer lo miraba sin respuesta)
Había un espejo humedecido que imitaba la vida vagamente.
Se apretó la corbata, el corazón, sorbió un café desvanecido y turbio,
explicó sus proyectos para hoy,
sus sueños para ayer y sus deseos para nunca jamás
(Ella lo contemplaba silenciosa)
Habló de nuevo.
Recordó la lucha de tantos días y el amor pasado.
La vida es algo inesperado, dijo.
(Más frágiles que nunca las palabras.)
Al fin calló con el silencio de ella,
se acercó hasta sus labios
y lloró simplemente sobre aquellos labios ya para siempre sin respuesta.
El crimen
Hoy he amanecido como siempre,
pero con un cuchillo en el pecho.
Ignoro quién ha sido,
y también los posibles móviles del delito.
Estoy aquí tendido
y pesa vertical el frío.
La noticia se divulga con relativo sigilo.
El doctor estuvo brillante,
pero el interrogatorio ha sido confuso.
El hecho carece de testigos.
(Llamada de portera,
dijo que el muerto no tenía antecedentes políticos.
Es una obsesión que la persigue desde la muerte del marido.)
Por mi parte no tengo nada que declarar.
Se busca al asesino;
sin embargo, tal vez no hay asesino,
aunque se enrede así el final de la trama.
Sencillamente yazgo aquí,
con un cuchillo...
Oscila, pendular y solemne,
el frío.
No hay pruebas contra nadie.
Nadie ha consumado mi homicidio.
El deseo era un punto inmóvil...
Los cuerpos se quedaban del lado solitario del amor
como si uno a otro se negasen
sin negar el deseo
y en esa negación
un nudo más fuerte que ellos mismos
indefinidamente los uniera.
¿Qué sabían los ojos
y las manos,
qué sabía la piel,
qué retenía un cuerpo de la respiración del otro,
quién hacía nacer
aquella lenta luz inmóvil
como única forma del deseo?
El temblor
La lluvia
como una lengua de prensiles musgos
parece recorrerme,
buscarme la cerviz,
bajar,
lamer el eje vertical,
contar el número de vértebras que me separan de tu cuerpo
ausente.
Busco ahora despacio
con mi lengua
la demorada huella de tu lengua
hundida en mis salivas.
Bebo,
te bebo en las mansiones líquidas del paladar
y en la humedad radiante de tus ingles,
mientras tu propia lengua
me recorre
y baja,
retráctil y prensil,
como la lengua oscura de la lluvia.
La raíz del temblor
llena tu boca,
tiembla,
se vierte en ti y canta germinal en tu garganta.
Poema
Cuando ya no nos queda nada,
el vacío de no quedar podría ser al cabo inútil
y perfecto.