Almacenamos datos inútiles, como si recogiéramos trastos que otros han tirado a la basura, a la espera de que algún día puedan resultarnos útiles. Mientras y hasta que los elijamos para alguna función particular, se agolpan en nuestras cabezas, las componemos como un puzzle para que ocupen el mínimo espacio posible y así dejar más sitio que ocuparán nuevos datos inconexos y absurdos.
Números, colores y caras que nos encontramos por las calles... sonidos, movimientos o roces... Todo vale en la feria del trapero que somos cada uno de nosotros.
Todo puede ser repescado en un momento dado, reutilizado, con lo que nos sentimos reconfortados, confiados en que si esas nimiedades al final resultan útiles, nosotros también lo somos...
Somos piezas inconexas que tratan de integrarse en sistemas, que esperan servir, que no soportan imaginarse como absolútamente inútiles y de desecho total.
Siempre esperamos que alguien nos rescate del fondo del contenedor antes de que pase el camión de la basura...
Números, colores y caras que nos encontramos por las calles... sonidos, movimientos o roces... Todo vale en la feria del trapero que somos cada uno de nosotros.
Todo puede ser repescado en un momento dado, reutilizado, con lo que nos sentimos reconfortados, confiados en que si esas nimiedades al final resultan útiles, nosotros también lo somos...
Somos piezas inconexas que tratan de integrarse en sistemas, que esperan servir, que no soportan imaginarse como absolútamente inútiles y de desecho total.
Siempre esperamos que alguien nos rescate del fondo del contenedor antes de que pase el camión de la basura...