lunes, 25 de enero de 2016

A propósito del odio (XXVI)

Estas manos me recuerdan mucho a las de Luisa, la "abuela Luisa", que en realidad era mi bisabuela. Una mujeruca diminuta, pelo tan blanco que ya era amarillo y ojos claros, lechosos, cegados. Cegados por unas cataratas que, hoy en día, se le hubieran eliminado seguro que sin problema y sin que hubiera estado ciega la mayor parte de la vida que yo le conocí, que fue mucha porque murió a los ciento y. L@s niñ@s, como niñ@s que éramos, jugábamos a pasar delante de ella sin hacer ruido porque si nos escuchaba, empezaba a hablar, la mujer, sola como estaba siempre en un sillón, y no nos soltaba. Con el tiempo aprendí a preguntarle, a dejarle contar... Pero la prudencia de una vida entre guerras y campo no le dejaba desvelar mucho. Ella preguntaba. Y preguntaba. Y preguntaba. Y movía la cabeza y una mano. Y desgranaba días aburrida escuchando la televisión, rezando el rosario y caminando a tientas por los pasillos. Y a veces la recuerdo y siento haber perdido el tiempo en jugar a pasar delante de ella sin hacer ruido en vez de apretarle las arrugas de las manos y estirarle la memoria.