Nado. Me gusta.
Me deslizo abrazando el agua mientras me estalla el pecho y me laten las sienes.
Me identifico con la piscina, no con los nadadores.
Un recipiente rebosante. Sobra. Más agua que gente en mí.
Si alguien se acerca con demasiada fuerza levanta ondas en mi superficie y salpico alrededor para acabar volviendo a la calma, engullido el nuevo cuerpo. Lo anulo.
Alguien bucea hasta el fondo, momentáneamente, lo que aguanta un pulmón, y acaba por flotar en la superficie moviendo débilmente las extremidades, haciendo mero acto de presencia.
Porque tener la cabeza sumergida en mi demasiado tiempo, ahoga.
Porque moverse al ritmo que yo impongo, el que impone el agua, desespera.
Porque no soy su elemento. Ni yo quiero serlo. Me gusta. Por eso, nado.
