jueves, 14 de agosto de 2014

No puedo levartar el brazo derecho. Paralizado desde los dedos hasta la clavícula, cuelga de mi cuerpo como un adorno sin gracia o una rama seca. 
No soy capaz mover la pierna izquierda. Se gira y se regira, retorcida, sin seguir mis órdenes, como una parte ajena mal acoplada y sin engarzar del todo.
No consigo girar la cabeza, solo mirar al frente con los ojos secos porque los párpados están atascados y no cierran y no cierran y no cierran.
No logro escuchar, solo oir este ruido contínuo, los consejos. Los deberías y los ya te dije. Los cómo es posible y los déjate de tonterías.
No me es posible estirar la espalda. Me encorvo hacia el pecho y me electrifican los espasmos sin poder siquiera gritar de dolor porque las cuerdas vocales no responden a mis llamadas. 
Y la gente saluda, camina, habla, sonríe, espera y recibe, siente, padece, se cae y se levanta, vive... a mi alrededor... sin darse cuenta de que estoy petrificada por el pánico.