viernes, 7 de septiembre de 2012


Cuando en Yoro (Honduras) llega la temporada de lluvias, sus habitantes se visten de humedad y se recogen el pelo detrás de la cabeza. Sacan de los armarios sus redes de pescar y las asoman por las ventanas, preparadas para recoger la cena de los próximos días. Cuando se acercan las nubes, las canciones infantiles se tornan recetas de cocina; los consejos de las madres para evitar el aguacero se confunden con el afilar de los cuchillos y el batir de huevos listos para envolver en su dulzura los cuerpos de los peces que caerán del cielo. Cuando en Yoro (Honduras) llega la temporada de lluvias, llueven peces. Y se ríe, se hace fiesta, se aprovecha el regalo para decorar la ciudad, adornarla con colores y bailes y celebrar, todos juntos, el maná regalado y lo extraño del fenómeno.

Cuando en mi ciudad (aquí mismo) llega la lluvia (escasa a lo largo del año), la gente se queda en casa, protestando tras los cristales y mirando detrás de las nubes para poder quejarse a mayor distancia.