viernes, 27 de abril de 2012
Pasamos la tarde esperando la hora de sentarnos a oscuras a paladear el blanco y negro, despacio, jugoso, como un beso en el sofá un domingo. Deglutimos cada fotograma y se nos pegó el acento, siempre tan chic, de Auteil, la mirada de Adele, su entreabrir los labios. Apostamos, también a un sólo número, por la emoción de fallar... El suicidio es inútil, una redundancia, porque el peligro y la muerte nos espera en cada gesto. Nos entró la prisa, una opresión en el pecho, como un beso a escondidas y sin desenlace en un rincón de un bar superpoblado de caras conocidas. El miedo. ¿A quién le toca salvar a quién ahora?