viernes, 9 de diciembre de 2011


Atravieso el mundo cada mañana, minuto arriba, minuto abajo... y desde hace un tiempo siempre en el mismo asiento del autobús... y, minuto arriba, minuto abajo, paso por delante de la ventana de la cocina de su casita en medio de la ciudad... Él se levanta, minuto arriba, minuto abajo, coincidiendo con los retrasos del tráfico, de los discos en rojo que paralizan la vena circulatoria... y se prepara un café que acaba de calentarse justo, justo, cuando yo miro el reflejo de su lamparita naranja a través del frío de mi ventanilla... Comenzamos coincidiendo sin saberlo... en algún momento cruzamos las miradas... ahora me saluda cada día levantando su taza, pijama negro, pelo revuelto y ojos a medio abrir, y yo le sonrío... Hace unos días pintó un seis en la ventana, grande, lo suficiente como para que yo lo viera desde mi gorro de lana. A la mañana siguiente un uno... luego un cero... un cuatro... el café humeante, y me sonrojo detrás de la bufanda...