Cada uno se cuelga a su manera... unas por un rato, en la parada del autobús, mirando a un tipo que se para justo al lado y se acaba quedando en tierra mientras ellas se suben al nº equivocado... otros a larga distancia, vía facebook u otras redes engañosas del estilo... algunos mirando el cogote de quien se sienta delante, en clase, sin cruzar palabra hasta el curso siguiente... yo me cuelgo cada día... de mil personas distintas... con rumores de fondo de los amores de siempre,... imprescindibles todos ellos... o no... sin intención... sucede...
Me encantan las manos del chico de la panadería, exageradamente grandes... y la voz del vecino del segundo cuando nos encontramos en el aparcamiento a las 7 y media de la mañana, ronca, de recién levantado con el café a medio tragar... me gusta a rabiar la mujer de la frutería, tan Anna Magnani, tan ojerosa... procuro no cruzarme con la chica que saca al perro frente a mi patio, a eso de las nueve de la noche, para que no note cómo devoro sus ojos marrones, gigantes, gigantes... me pongo roja solo con pensar en el tipo que trabaja en correos y que siempre está de mal humor... adoro sus defectos, porque son suyos, porque no los he encontrado en nadie más...
