
"Vivimos a la altura de nuestros ojos" (gracias, Medem) y se nos abre un hueco de angustia entre la garganta y el pecho si intentamos elevar o bajar la vista.
Vivimos en el nivel rasante, dentro de nuestras posibilidades y, a veces, aún al margen de ellas.
Vivimos en el rellano de la escalera,
en un impás,
ni arriba ni abajo,
en el medio de cualquier parte (saludando a los vecinos, que tampoco van a ningún sitio).
Sustituímos la altura y la profundidad por un aquí mismo, ya, que no es más que una aceptación ilusa del miedo a perder pie, a no saber dónde está el fondo, la tierra, el firme donde apoyarnos, precavidos.
Vivimos en la medianía, miopes y cojos.
Vivimos con miedo a que la vida nos adelante,
nos sobrevuele,
se nos cuele entre las piernas.
No vivimos, realmente, observamos cómo es la vida.